Durante muchos años aplacé la lectura de Foucault. Si mi memoria no falla, fue desde una tarde de 1997, cuando escuché en la UFPS al profesor Adolfo Ibarra repetir muchas veces "Las palabras y las cosas". En alguna ocasión comencé ese libro en formato digital, pero lo abandoné. Sigo prefiriendo los libros físicos, pese a que soy promotor y formador (y también crítico) de lo digital. Incluso, hay libros digitales que he impreso para leerlos. Posiblemente no estaba preparado para Foucault, hasta hace unas semanas que me regalaron una versión impresa de Vigilar y Castigar y no paré de leerlo. Cada oración, cada párrafo y el estilo de la escritura me confirmaron experiencias, ideas, hipótesis, creencias y me recordaron otras lecturas.
El subtítulo de Vigilar y Castigar es "nacimiento de la prisión", pero pienso que es mucho más que eso. No es simplemente un texto histórico o una genealogía, no es solo un ensayo sobre los mecanismos de represión, vigilancia y castigo. En realidad, es un ensayo sobre cómo funciona el poder (o mejor las redes de poder), sobre su capacidad para obrar disfrazado, manipulando los detalles para normalizar y excluir la diferencia, vigilando y castigando no para corregir sino para administrar los ilegalismos. Los detalles históricos del libro son evidencia innegable, respaldo fáctico y documental de que, en esencia, muy poco ha cambiado durante siglos en materia del poder...
Mi conclusión del libro (muy personal) es que toda nuestra sociedad funciona como una prisión o mejor, como el ideal de una prisión. Son abundantes las comparaciones (y evidencia) con la escuela, el hospital, la fábrica, el cuartel, el convento y hasta la familia. En estas pequeñas instituciones se aprecian las jerarquías, los rangos, la disciplina, la vigilancia, el castigo y hasta el suplicio. Eso de "humanidad" es meramente una palabra suave y bonita para nombrar la realidad, para nombrar la estrategia, táctica y mecanismos de las redes de poder...
El libro se organiza en cuatro (4) partes con diez (10) capítulos: (i) suplicio (capítulos 1 y 2), (ii) castigo (capítulos 3 y 4), (iii) disciplina (capítulos 5, 6 y 7) y (iv) prisión (capítulos 8, 9 y 10). En la versión física subrayé un montón de ideas y cada vez que releo subrayo y escribo notas al margen. Pues todo el libro contiene una cantidad de hechos (realidades) y argumentos que siguen vigentes y que nos ayudan a comprender y a manejar la complejidad del poder...
No soy filósofo ni pretendo serlo. Tampoco soy sociólogo, antropólogo, ni político y mucho menos escritor o crítico literario. Simplemente me gusta leer y escribir sobre lo que leo. Y por el interés que me generó este libro, quiero transcribir y comentar algunas ideas, a las cuales es muy seguro que regresaré a futuro en muchas ocasiones... Y como una imagen vale más que mil palabras, esta ilustración, que aparece al final del libro, dice muchísimo...
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Ilustración citada en el libro. Referencia la obra de Nicolas Andry sobre la Ortopedia
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I. Suplicio
Mi primer contacto con la palabra suplicio tiene origen familiar y religioso. Mi mamá solía usar esa palabra cuando quería expresar su molestia o dolor por algo: "Ay Dios mío, qué suplicio" era su expresión, que ya no usa... Siempre que le preguntábamos a mi mamá por una palabra, nos decía "busque en el diccionario" y allí buscábamos. Recuerdo que teníamos un Diccionario Aristos antiguo, una edición parecida a esta que hay en Web Archive, que con el tiempo se deterioró y que a hoy está perdida (algún dia he de rescatar una edición de esas).
Cuando el diccionario no era suficiente para saciar nuestra curiosidad, mi mamá nos remitía a algun libro. Y el libro con más ilustraciones de suplicios es la Historia Sagrada: los azotes a Jesús, la corona de espinas, el camino al calvario, la crucifixión... Y en las clases de catequesis y en la misa siempre oí la expresión "mortificar el cuerpo para salvar el alma"...
Hablar de suplicios y castigos implica remitirse a las leyes (normas). A través de toda la historia el hombre ha creado leyes y el irrespeto a estas se considera un delito y es un problema que se resuelve con un castigo. Los delitos y los castigos aparecen detallados en las normas, como se puede apreciar en dos ejemplos antiguos: la Biblia y el Código de Hammurabi (para no citar las extensas normas actuales).
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Fragmento de la Biblia, Levítico 5
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Fragmento Código de Hammurabi
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En la antigüedad, cuanto más severo y cruel el castigo, mucho mejor para todos, al punto de imponer el suplicio,
el peor de los castigos, lo más parecido a eso que la
religión enseñaba como el infierno, un castigo permanente, sin fin y muy doloroso. Y el suplicio era lo acostumbrado en Europa, en especial Francia, durante los siglos a los que se refiere Foucault en su libro (XVI al XIX). Posiblemente el suplicio es una herencia de la Inquisición (o mucho antes) y fue cambiando durante la Edad Media y luego con la llegada de la modernidad, hasta el establecimiento de la prisión. Parte de esa evolución es narrada por Foucault.
En Vigilar y Castigar se inicia citando el caso de Damiens, un condenado al suplicio en el año 1757. Los detalles que narra Foucault son mejores que cualquier efecto visual de película o cualquier artificio de la realidad virtual de nuestros tiempos:
"...se le verterá plomo derretido, aceite hirviendo, pez resina ardiente, cera y azufre fundidos juntamente, y a continuación, su cuerpo estirado y desmembrado por cuatro caballos y sus miembros y tronco consumidos en el fuego, reducidos a cenizas y sus cenizas arrojadas al viento..."
Lo más interesante en esta primera parte es que Foucault expone el suplicio como un mecanismo de poder, como un procedimiento que demuestra al pueblo el poder de castigar cuando se viola la norma, pues el delito se convierte en un acto de guerra, en una insurrección o sublevación que no puede permitirse. El poder es tan grande que se puede ejercer como suplicio sobre el cuerpo de quien comete un delito, como si el cuerpo fuese propiedad del poderoso. De ahí que el primer capítulo se titule "El cuerpo de los condenados".
También se muestran detalles sobre la injusticia del suplicio, usado en muchas ocasiones para lograr una confesión del delincuente, como mecanismo para obtener la verdad y como instrumento para que la atrocidad del delito se manifieste en el castigo y el delincuente reciba el mismo sufrimiento que causó al delinquir.
Además de la crueldad del suplicio, se generaba todo un espectáculo
público, para diversión del pueblo o para atemorizarlo y enseñarle que
la norma debe cumplirse, so pena de recibir el mismo destino. También, como una manera de mostrar a todos la grandeza del poderoso, su infinito poder de hacer sufrir a quien se salga de la norma, de los límites ordenados. De ahí que el segundo capítulo se titule "La resonancia de los suplicios".
Esta primera parte, el libro
muestra muchos detalles sobre la crueldad (maldad) de lo que le sucedía a un delincuente (o a un inocente caído en desgracia ante los poderosos). También muestra la corrupción o abusos de poder y enfatiza sobre lo equivocado del suplicio como un instrumento de poder sobre el cuerpo y sobre su fracaso como medida para enfrenta el delito. En su lugar, propone no mortificar el cuerpo sino el alma, no castigar sino corregir. A partir de ahí enfatiza sobre
las demandas de unos e iniciativas de otros para cambiar los castigos y acabar con el suplicio, dando así paso a la parte II.
A continuación algunas citas que destaco de la parte I:
"Es feo ser digno de castigo, pero poco glorioso castigar"
"El psicólogo pulula como un modesto funcionario de la ortopedia moral"
"Que el castigo, si se me permite hablar así, caiga sobre el alma más que sobre el cuerpo"
"El cadalso no pierde su presa"
II. Castigo
La parte II explica por qué fracasa el suplicio y debe cambiarse por otros castigos menos crueles. Deja claro que la abolición del suplicio no es por un cambio filosófico y de pensamiento hacia el humanismo, sino una estrategia de poder, una tecnología y economía del poder. Sencíllamente, no se trata de evitar el delito ni de corregir, no se trata de las personas, se trata de mantener el poder en una red de poderosos y de ejercer ese poder.
Todo poder degrada en corrupción y esto se refleja en algo que Foucault llama "pequeños ilegalismos":
"En suma, el juego recíproco de los ilegalismos formaba parte de la vida política y económica de la sociedad"
A veces los ilegalismos aparecen como una mera exención, como un privilegio a determinados individuos o grupos. Estas exepciones a las normas son simplemente un mecanismo de poder. Y aquellos que no tenían privilegios (porque no eran poderosos), lograban en ocasiones acceder a los ilegalismos por la fuerza y por obstinación. En consecuencia, se generó una cultura de tolerancia y estímulo a los ilegalismos que obligó a un cambio en el sistema.
En la búsqueda de nuevos castigos y de acabar el suplicio, surgieron diferentes corrientes de pensamiento y propuestas de cambio. Todas estas propuestas implicaban un Castigo Generalizado (título del capítulo 3), con el fin de aplicar siempre el mismo castigo al mismo delito y conseguir que la severidad del castigo fuese consistente con la gravedad del delito. Además, con el fin de evaluar si el castigo está generando cambios en el delincuente que ameriten reducir su pena de manera gradual. Básicamente se persigue una taxonomía (llevar a lo judicial lo que hizo Linneo en el mundo natural) de delitos y castigos que se puedan aplicar de manera general y no personalizada. Un sistema más justo y menos cruel que los suplicios.
Esto lleva a una reducción en la crueldad de los castigos y a una cultura de corregir (una ortopedia moral), por lo que el capítulo 4 se llama La benignidad de las penas. Y Foucault insiste mucho en que el humanismo no es la corriente de pensamiento que impulsó esos cambios jurídicos, esa humanización de los castigos y desaparición del suplicio. En realidad, puesto que el suplicio era una forma de tiranía, una degradación del poder y puesto que los delitos aumentaban y la población aumentaba, se podría generar la sublevación de las masas y el poder quedaba en riesgo. Era necesario un cambio, era necesario "administrar los ilegalismos", es decir, no se trata de combatir el delito y la corrupción sino de administrarla a conveniencia del poderoso.
El cambio fue muy inteligente. El suplicio era una forma de venganza, un castigo del rey poderoso (Foucault lo llama el soberano), un mecanismo para combatir la sublevación, la anarquía, la osadía de contrariar las leyes, el irrespeto de obrar diferente cuando el mandato es normalizar. Desde esta perspectiva el castigo era malo, era costoso en lo político y lo económico y no ayudaba en nada al sistema de poder.
El cambio consistió en mostrar al soberano como un ser benevolente, benigno, misericordioso, respetuoso del cuerpo y del alma, moralista, místico, un dios... Y el delito y el delincuente se muestran como una amenaza para toda la sociedad. Quien comete un delito ataca a toda la sociedad y quien castiga ese delito está defendiendo a toda la sociedad. De esa manera el que castiga es un defensor, un salvador y obra como un educador que corrige al delicuente, como un ortopedista que corrige una mala postura moral. De esta manera se pasa del suplicio al castigo correctivo, lo que conlleva a la disciplina y la vigilancia (partes III y IV).
A continuación algunas citas de la parte II:
"...Siempre que se reúna en un mismo lugar una gran cantidad de obreros, habrá entre ellos necesariamente muchos bribones..."
"...Hay que concebir un sistema penal como un aparato para administrar diferencialmente los ilegalismos, y no, en modo alguno, para suprimirlos todos..."
"Todo malhechor, que ataca el derecho social, se convierte, por sus crímenes, en rebelde y traidor a la patria...El derecho de castigar ha sido trasladado de la venganza del soberano a la defensa de la sociedad..."
"Humanidad es el nombre respetuoso que se da a esta economía y a sus cálculos minuciosos..."
"...Se trata de constituir un Linneo de los crímenes y de las penas, de manera que cada infracción particular, y cada individuo punible, puedan caer sin arbitrariedad alguna bajo el peso de una ley general..."
"...Contra una mala pasión, una buena costumbre; contra una fuerza, otra fuerza, pero se trata de la propia de la sensibilidad y de la pasión, no de las del poder con sus armas..."
"...Que los castigos sean una escuela más que una fiesta; un libro siempre abierto antes que una ceremonia..."
"...Dolores para quienes han sido feroces, trabajo para quienes han sido perezosos, infamia para aquellos cuya alma está degradada..."
"...Se aduce la razón de que la ociosidad es la causa general de la mayoría de los delitos..."
"...La prisión, aparato administrativo, será al mismo tiempo una máquina de modificar los espíritus..."
Pienso que esta última cita que sigue resume todo el libro y encierra una realidad compleja y terrible respecto al poder y el saber y su evolución hasta nuestros días:
"...Un déspota imbécil puede obligar a unos esclavos con unas cadenas de hierro; pero un verdadero político ata mucho más fuertemente por la cadena de sus propias ideas. Sujeta el primer cabo al plano fijo de la razón; lazo tanto más fuerte cuanto que ignoramos su textura y lo creemos obra nuestra; la desesperación y el tiempo destruyen los vínculos de hierro y de acero, pero no pueden nada contra la unión habitual de las ideas, no hacen sino estrecharla más; y sobre las flojas fibras del cerebro se asienta la base inquebrantable de los Imperios más sólidos..."
Las partes I y II estremecen el cuerpo y el alma y estimulan el pensamiento, el intelecto, para enfrentarnos a la parte III, que desafía y hace tambalear todo el sistema de creencias y conocimientos sobre el humanismo y nos revela una realidad evidente pero oculta en el sistema de poder y saber de nuestra sociedad...
III. Disciplina
Esta tercera parte me trajo un recuerdo de la niñez. Tenía yo seis (6) años cuando iniciaba la escuela y madrugamos a la primera clase, sin saber que nos correspondía en la jornada de la tarde. Cuando llegamos a la escuela ya estaban todos formados y desde la entrada se veía a los estudiantes más grandes, los de quinto grado. La formación era como un cuartel y era igual que los desfiles de las bandas marciales en ferias e igual que los desfiles de nazarenos en Semana Santa. Y todos eran iguales, salvo por sus rostros, pues el uniforme los hace ver todos iguales.
La postura del cuerpo, la manera de caminar, las técnicas de caligrafía, la forma de vestir, los horarios, los ejercicios, las rutinas, los tiempos para esas rutinas, las jerarquías, el lugar, orden y modo de las cosas... todo eso es la disciplina... Como en un viejo libro de la escuela, sin nombre: "un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar"